martes, 3 de marzo de 2015

VENCER EL MIEDO AL MIEDO



“Lo que has hecho se convierte en la vara con la que juzgarte sobre lo que harás, especialmente desde la perspectiva de los otros. En cambio, cuando viajas eres lo que eres en ese momento. Las personas no conocen tu pasado como para reclamarte algo. No hay “ayer” cuando estás en la ruta”.  
 William Least Heat-Moon (1931-   ), viajero y escritor americano.


Hace tres años no era un ser humano. El miedo me paralizaba y la ansiedad me carcomía. Al principio sentía los nervios lógicos de acudir por primera vez a un lugar desconocido, pero la bestia se alimentaba de mi inseguridad; creció y se convirtió en un monstruo que devoró mi alma. Como un robot, solo era capaz de frecuentar sitios que me fueran familiares. El último que pude conocer fue la Biblioteca Nacional de España, donde la baja iluminación y la escasa afluencia me hacían sentir cómoda. Pero al cabo del tiempo se me hizo insoportable que cada día me asignaran una mesa distinta, y en pocas semanas fui incapaz de levantarme de mi butaca para solicitar nuevos libros, así que dejé de acudir, aun cuando no había terminado mi trabajo allí. Entonces me refugié en casa, que ni siquiera podía sentir como propia. Por aquella época Gabi y yo andábamos buscando una oportunidad para construir una nueva vida alejada de Las Rozas, donde habíamos compartido piso con un compañero suyo durante un tiempo. Hasta que surgiera algo nuevo nos habíamos instalado en casa de su madre, en las afueras de una urbanización residencial. Solo para ir a comprar el pan había que caminar durante quince minutos, no existía ningún tipo de contacto entre vecinos y para llegar a mi biblioteca era necesaria una hora y media de transporte público. Poco a poco dejé de ir a Madrid, no soportaba el peso de las miradas de los extraños cuando entraba al autobús. Ni siquiera intentaba buscar un asiento vacío, me arrinconaba donde menos pudiera molestar y esperaba a que todo el mundo bajara del bus cuando llegaba al intercambiador de Moncloa para que nadie me viera apearme. Pero el trayecto hasta la parada era cada vez más insoportable: me pesaban las piernas, me temblaban y dolían las articulaciones, un nudo asfixiaba mi garganta cuando buscaba el bonobús entre los bolsillos porque estaba haciendo perder el tiempo tanto a las personas que esperaban para subirse como al conductor. Cuando el bono se acababa no cogía el bus por miedo a pagar en metálico y que las monedas se escurrieran entre mis dedos. Así, dejé de encontrar sentido a salir de casa y exponerme a un mundo de miradas inquisitivas, donde yo solo era un estorbo en la rutina de los demás.



En casa no me sentía mucho mejor. El pánico me bloqueaba, tenía miedo de ser juzgada por mi manera de fregar los platos, por mi forma de cocinar o incluso por el modo de sentarme en el sofá. Así que también dejé de hacerlo. Lo más sencillo era quedarme en la habitación, y si tenía que ir al baño procuraba hacerlo de noche cuando los demás durmieran. Retrasaba cuanto podía tomar una ducha, ¿estaría gastando demasiada agua caliente? ¿Podía ser que alguien quisiera entrar al baño y no pudiera por mi culpa? Esa cantidad de champú o de gel, ¿no sería demasiado? ¿No es muy molesto para la siguiente persona que entrara el hecho de que el baño se llenara de vapor? ¿Y cómo elegir la ropa que me voy a poner, si está todo sucio o es inadecuado? Mejor continúo en pijama, pensaba, si de todas formas no voy a salir a la calle.
Tampoco encontraba refugio en la habitación. Junto a la ventana estaba mi escritorio, el altar que había dedicado a la escritura de mi tesis doctoral. Habíamos dedicado un día entero en cambiar la disposición de los muebles de la habitación para poder encajar los libros que más usaba en un par de estanterías. Después del esfuerzo que otros habían dedicado a mi escritorio, sentía la obligación de sentarme en esa mesa y amortizarlo. El peso de mi irresponsabilidad me oprimía el pecho, y solo descansaba de la presión tumbada en la cama, dormitando, abandonada al mundo onírico.
Había comenzado con la tesis seis años atrás, cuando aún no había terminado la carrera. Era una estudiante ejemplar, infatigable, que no bebía ni fumaba, capaz de meter la cabeza entre libros y no sacarla en doce o catorce horas. Mientras trabajaba en mi investigación, preparaba la edición de otros dos libros, varios artículos y ponencias para congresos internacionales. Llegué a acumular medio millar de días de trabajo continuado, sin una sola jornada libre, sin fines de semana, sin atreverme a pensar en vacaciones. Era buena en lo mío, según me decían, y me animaban a continuar, exigiéndome más calidad, más cantidad, más dedicación, más estancias en el extranjero, más idiomas. Mi vida se convirtió en una carrera contrarreloj por lograr alcanzar las expectativas que otros depositaban sobre mí. Dejé de lado a la familia, a los amigos, a mi pareja, a mí misma. Comencé a engordar, a palidecer, a enfermar con males físicos y espirituales. Entonces apareció el fantasma del fracaso, de los plazos imposibles de cumplir, de las decepciones laborales. Al terminar mi beca, que se había extendido por cuatro años, continué ligada a la universidad, seguí exprimiendo mi cerebro a pesar de que ya no cobraba un céntimo por ello. En esos momentos no pensaba que era mejor tirar a la basura cuatro años pasados que cuatro años de futuro. Simplemente continuaba haciendo las cosas lo mejor que sabía, solo por obtener el elogio, la aprobación de los demás. Esa era la droga a la que era adicta, el reconocimiento del mérito era lo que movía mi vida.
Supongo que el punto de inflexión llegó en Sevilla, mientras me tomaba un café con Cristóbal, un compañero del Archivo de Indias. Cris me contó que durante mucho tiempo tuvo colgado en la pared de su cuarto un folio con una pregunta escrita: “¿Qué es lo que tú quieres?” Tardó varios meses en llegar a una conclusión, pero cuando la encontró, decidió no soltarla e ir a por ella. Merece la pena replantearnos qué estamos haciendo con nuestros días pero sobre todo, analizar si el objetivo que queremos alcanzar es más valioso que aquello que estamos sacrificando en el camino por conseguirlo. La respuesta me llevó a una crisis existencial. Había perdido la motivación para continuar escribiendo una tesis a la que ya no le veía sentido, pero no podía dejar de hacerlo por el peso de la responsabilidad. Me daba pavor decepcionar a toda la gente que había creído en mí.
Gabi apareció en medio de la vorágine. Nos conocimos poco después de volver de Sevilla e instalarme en Madrid, en un viaje que organizaron desde el grupo de Couchsurfing para ir a Santander a aprender a hacer Surf. A mí me tocó ir en su coche y durante cinco horas nos fuimos conociendo a través del espejo retrovisor. El tiempo que pasaba con él se vaciaba de presiones relacionadas con el trabajo y se convertía en el placer de disfrutar de la naturaleza. Me enamoré de su energía y de su optimismo, de su desorganización y de su hiperactividad. Pero sobre todo me enamoré de sus ganas de vivir. Sin embargo, cuando nos fuimos a vivir juntos era inevitable volver al trabajo y los problemas que venía arrastrando simplemente cambiaron de ubicación geográfica. Las discusiones sin razón aparente se hicieron más frecuentes y mi estado de ánimo afectaba a todos los que me rodeaban. Cuando hicimos el viaje a Japón se hizo evidente que había un problema y Gabi prácticamente me forzó a que acudiera a un médico. Yo no quería ir porque no quería robar el tiempo a otro paciente que tuviera un problema de verdad. El diagnóstico fue depresión con agorafobia.
La mayor parte de la gente piensa que la agorafobia consiste en tener miedo a los espacios abiertos, pero en realidad se trata de un miedo al miedo que surge de la exposición ante los demás. Yo no tenía miedo de salir a la calle, sino de que al salir de mi entorno seguro algo me alterara y que los otros pudieran ver mi ataque de pánico. Se trata de un miedo irracional, sin ninguna base real pero con una fuerte afectación física. En mi caso, me provocaba mareos, náuseas y debilidad en las articulaciones. Pasaron varias semanas desde que nos mudamos a Pamplona hasta que fui capaz de bajar las escaleras de casa sin miedo a que las piernas me fallaran. Pensamos que dejar la capital del reino por la del Reyno, alejarnos del estrés propio de una gran ciudad e ir a vivir al norte nos ayudaría, pero el problema no estaba tanto en el ambiente como en la percepción del mismo.
Durante un año aparqué la dichosa tesis y me dediqué a la venta de material de deportes de montaña en grandes superficies. Pasar de ser una doctoranda a una vendedora y no poder llevarme el trabajo a casa alivió el sentimiento de exceso de responsabilidad. Debo reconocer que los medicamentos también me ayudaron en las crisis y el trabajo que hicieron conmigo casi semanalmente en el centro de Salud Mental de Ansoáin dio sus frutos. Pero hubo dos cosas que fueron cruciales: volver a la naturaleza y tener invitados a través de Warmshowers, la red de alojamiento ciclista.
La montaña es una cura de humildad, no puedes iniciar un ascenso habiendo creando falsas expectativas. Hay que ser realista con las propias posibilidades y estar abierto a los cambios y a la improvisación. El esfuerzo continuado es otra forma de meditación, la concentración en la respiración, en el lugar correcto donde colocar los pies y las manos, no deja espacio a otro tipo de pensamientos. Caminar por el bosque supone el retorno a nuestra naturaleza, nos acerca a nuestro origen, nos devuelve un equilibrio perdido en las calles de asfalto.
Por otro lado, tener viajeros en casa cambió nuestra perspectiva vital. Pudimos ver que con muy pocos medios otro estilo de vida era posible. Nosotros teníamos la suerte de haber trabajado duro los años anteriores, por lo que contábamos con unos ahorros que nos permitían hacernos con todo lo necesario para iniciar una aventura en bicicleta alrededor del mundo. Pero, ¿cómo era posible pasar de padecer agorafobia a vivir como una vagabunda y además disfrutar de ello? Nos esperaban unos meses de un esfuerzo intenso por mejorar la situación. Había que volver a vivir en el presente y había que aprender a observar la realidad sin poner etiquetas. Había que enfrentarse a lo que nos daba miedo para comprender que el miedo, el estrés o la ansiedad son meras sensaciones, a menudo desproporcionadas, que con entrenamiento se pueden llegar a controlar. Había que terminar también con las tareas pendientes y comprender la impermanencia de los seres y de los objetos. Asumir el fallecimiento de mi abuela y la desaparición de nuestro gato. Dejar de lado el egocentrismo de un exceso de responsabilidad y sentimiento de culpa. Era hora de sacarse el carné de conducir y de casarse. Ya no era tiempo de “tengo que” sino de “acabo con esto”, de nuevo transformando la acción de futuro en presente. En cuanto a la tesis, después de ocho años, fue defendida ante el tribunal. El mismo día que pagué la tasa por el diploma empezamos el viaje.
Por supuesto, el trabajo aún no ha terminado. Es una enfermedad recurrente y de vez en cuando rebrota en forma de pequeñas crisis, especialmente en época de lluvias o cuando no tenemos ningún destino en el horizonte. En Albania fue la primera vez que, llorando, pedí a Gabi volver a casa. Pero antes de que las lágrimas se secaran sobre mi rostro, ya habían aparecido varias personas que nos habían invitado a su casa. Los pilares de mis quejas y mis dudas se resquebrajan porque nunca fueron sólidos. El ser humano es extraordinario y su capacidad de superación y adaptación, sorprendente. ¿Cómo podría dejar de viajar, si quizá mañana sea el día más bonito de mi existencia? ¿Cómo podría darme por vencida subiendo un puerto de montaña, si todavía no sé qué me espera en la siguiente curva? Puedo saborear la libertad como nadie, porque he sido prisionera de mí misma, y la felicidad es aún más dulce tras escapar de las garras de la depresión. ¿Cómo me puedo permitir dejar este viaje a medias? ¡Justo ahora que empiezo a comprender cuánto amo la vida!

13 comentarios:

  1. Gracias, Ainhoa. (Dorleta. No quiero que me firmen como anónimo)

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  2. Ojalá que haya mas mujeres como tú. Quienes tengan la valentía y el coraje de reciclar sus demonios y vivir la Vida con libertad y alegría. Con todos sus puertos de montaña y sus interminables interperies.

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  3. Que bonito es escuchar a los demás.
    Sencillamente precioso, gracias.

    Saludos.

    Alberto.

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  4. Bravo, Ainhoa, valiente: por ser un ave fénix y por contárnoslo. Gracias !!
    Buen viaje a ninguna parte !!
    Saludos,
    Suni Belliure

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  5. Valiente comentario. Mi admiración por ti va en aumento desde el día que los conocí. Gabi un campeón que de verdad te quiere. Ya has triunfado.
    Un abrazo de meta.
    Puedo publicar esto en mi blog?? Raul, el chocolatero

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  6. Muchas gracias por vuestros comentarios!! Y pensar que tenía miedo de aburriros con mi historia... Como dice Raúl, Gabi es el auténtico héroe :D

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  7. Es un placer leeros. Tenéis mi admiración por vuestra valentía y generosidad.
    Vivo en Logroño y os sigo desde el primer día que os vi en La Rioja. Mucha suerte en el camino.

    Celia

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    1. Muchas gracias, Celia! Algún día volveremos por aquellas tierras, echo demasiado en falta la Laurel ;)

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  8. Que ganas de date un abrazo enorme Ainhoa! Gracias por compartir esta historia y estos sentimientos tan personales.

    Ali (la de Rodadas)

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    1. Un placer, Ali-la-de-Rodadas!! :) Guarda ese abrazo en la nevera para cuando nos dejemos caer otra vez por España (de aquí a unos días o a unos años, quién sabe...). Además tengo ganas de conocer al heredero, je,je!

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  9. Wow
    Gracias por compartir. Me siento identificada

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  10. nada de aburrida. hay que aceptar el miedo y viajar con el. saludos

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